“Es que hay algo que no te conté”. Y así comenzó a contarme esos “algos”, detalles muy imperfectos de su perfecta relación. Medio ofendida por no conocerlos, – pues ¿acaso eso de ser mejores amigas no se basa en la confianza? – la recibí como siempre, receptiva, amorosa y sobre todo sincera.
Pero a decir verdad, ese es el momento donde uno se llena de impotencia y frustración. Donde quisiera agarrarla por el pelo y mechonearla hasta que reaccione. Darle un par de cachetadas hasta que comprenda que el que se mete con ella, se mete con uno. Empujarla, arañarla y hacer esas cosas que las mujeres hacen cuando pelean, hasta que entienda que por más que lo oculte, por más que le tape cosas, él sigue y seguirá siendo el mismo perro sucio que le hace daño. Pero bueno, la oí y la apoyé. La insulté casi sin que se diera cuenta diciéndole lo que ella ya sabía que yo le diría y por eso había omitido darme sus “algos”. Aun así, la situación no estaba como para dejarle una cicatriz en la cara que no pudiera olvidar.
Generalmente vamos por aquí y por allá pidiendo consejos para que un tercer ojo vea lo que no podemos ver, o lo que no queremos ver, o lo que vemos y queremos que vean con nosotros. Pero siempre buscamos auxilio para no ver solos lo que está ante nosotros.
Sin embargo, está claro que cuando les escondemos cualquier “algo” a las amigas, es porque de entrada ya sabemos que está mal. Sabemos que hay que proteger la imagen de perfección del imperfectisimo en cuestión. Sabemos que ellas nos van a decir lo que es. Sabemos que a ellas, que conocen la historia, les duele. Sabemos que ellas, nos quieren cuidar, con las uñas si es necesario. Sabemos que ellas nos van a cuestionar. Sabemos que ellas saben, porque ellas saben, y sí que saben. Sabemos que ellas van a tener la razón.
Y así sucede. Tapamos aquí y un poquito allá, para dejar pasar cositas y seguir con tranquilidad. Escondemos aquello para protegerlo a “él” y pisotearnos nosotras. Nos olvidamos de nosotras y nos faltamos el respeto para cuidarlo y consentirlo y sobre todo para que se quede. Se quede y nadie nos critique y nadie nos muestre lo que no quisimos ver. Nadie nos lo quite, nadie nos quite la falsa fantasía, nadie lo odie porque es nuestro, para que nadie nos dé la verdad, esa que duele y nos conviene. Y sobre todo, para que se quede acompañando nuestro miedo a la soledad.
Así es como reflexionamos ella y yo, y pensamos que las amigas no olvidamos. El oficio de amiga no es fácil pues es decir lo que duele, es velar por el respeto y el bienestar. Reclamar por lo justo y exigir lo mejor. Recordar lo que nosotras perdonamos y olvidamos sin olvidar. Pero a veces, abrazamos tanto una mentira que la protegemos y necesitamos quien la vea por nosotras. Y ese es el oficio de amiga. Pelearse una y otra vez con cada perro sucio que aparece. Hacerse odiar y odiar de vuelta. Volverse cansona y otras veces repetitiva. Repetir lo dicho más de un millón de veces y no sentirse cansada. Correr en medio de la noche por el mismo problema en diferente día. Llorar si hay que llorar, gritar si hay que hacerlo y aceptarlo cuando no hay más.
Así que sépalo bien señorita: cuando va a hacer algo escondida de las amigas no es ir en contra de ellas que saben que es lo más conveniente, sino ir en contra suyo. En contra de uno mismo y su propio bienestar, así que piénselo dos veces y quiérase y quiéralas.
Porque una amiga perdona una vez que el perro sucio del novio se meta contigo, pero no dos veces. La segunda vez recordamos la primera y ahí si vamos y le rayamos el carro.


Si bien es cierto que tengo una buena relación con la mayoría de mis ex novios, ex amantes, ex rumbeos y toda esa clase de ex que pueden haber, debo contar que hace unos días me encontré con un chico con el que salí hace poco, muy poco. Si bien éste no está dentro de la categoría de ex novio, tampoco lo puedo meter en la de ex rumbeo ya que duró más de lo que dura cualquier rumbeo. Sin embargo, categorizarlo como mi ex amante tampoco es sensato porque me trató como la princesa que soy, y la cosa iba más allá de una cama. Así que por eso es: el chico con el que salí.